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Writing

I write from close, everyday situations to explore intimacy, care, and exhaustion. Small gestures and worn bodies become ways of registering loss and tenderness.

All texts in Spanish.

Son las seís y media de la mañana y doña Elisa ya llegó. Yo a veces pienso que deberían darle la llave de la iglesia a ella, estaría abierta más horas y además, ella tendría dónde dormir refugiada de este frío tan cruel. Leí que a partir de ahora hay que pensar que este invierno es el más caliente que vamos a tener y así con los que vienen a futuro. No hay cuerpo que aguante, pienso yo. Bueno, por ahí sí, el de doña Elisa. No sé cómo hace, viste unos zapatos gamuzados, estilo escolares, medias finas (espero que doble o triple) más oscuras que su tono de piel, una pollera que, supongo, en algún momento fue roja y varias capas de ropa arriba, el último que la cubre es como un saco de piel artificial, todo peludo, gris. Ah! me olvidaba, tiene un gorro azul oscuro de lana que le queda un poco grande, ese se lo regale yo. Creo que nunca más se lo sacó. El día que se lo lleve quise explicarle que era de mi abuelo y que sentía que iba a estar mejor con ella que de recuerdo guardado, pero después de que le dije hola y le ofrecí el gorro, antes de expulsar una sola palabra más me lo sacó de las manos, se lo puso un poco torcido y miró para otro lado. Me sentí tan estúpida de querer explicarle o contarle a alguien que está pasando frío y hambre la historia de un gorro de mierda. Agaché la cabeza y me fui, tenía razón en darme vuelta la cara doña Elisa. Además no sé qué esperaba, la observo cada día y jamás la vi cruzar miradas o palabras con alguien.

En fin, ya llegó y la miro entre las montañas de papeles que tengo en la oficina. Pésima idea el edificio de vidrio, a mi me cuesta un montón concentrarme y encima siento que tengo un vínculo con doña Elisa. Quiero traerla acá y sentarla conmigo. Llegué a pedir permiso para que la dejen entrar al hall del edificio y cuando la fui a buscar me hizo una mirada que me heló la sangre. Le había agarrado su brazo para ayudarla a levantarse y me lo sacó de un tirón. ¡¿Quién mierda me creo que soy?! pensé después por varios días. Esa fue la segunda vez que me hizo sentir una estupida y mientras pienso otra forma de ayudarla, también pienso que no me canso de fracasar.

Cuando yo empecé a trabajar acá, ella ya estaba ahí, llega todos los días religiosamente, abre un banquito de camping que en lugar de la lona tiene un trenzado de totora, es resistente pero duro cuando te sentas. Yo tenía una alfombra de eso. Bueno, abre su banquito, acomoda la bolsa al costado, saca diarios que

pone a su alrededor cruza las piernas y apoya la mano derecha sobre su rodilla con el gesto de pedir, o esperar a que entendamos que está pidiendo. Ella no habla. Se sienta al costado izquierdo de la puerta principal de la iglesia. Siento que ya es parte del paisaje, que si se fuese le faltaría una parte a la iglesia. Nadie sabe muy bien hace cuánto está, algunos dicen que tiene familia, tres hijas que se cansaron de pedirle que no salga y aún así lo hace. Yo trabajo siete horas y en todo ese tiempo la veo comer la mitad de un cuadrados e pan de grasa. entre las diez y las diez y media, ella saca una bolsita de plástico transparente donde tiene ese solo pan, lo parte al medio y come. La otra mitad la destroza en su mano y las tira sobre los diarios, las palomas vienen pero no se suben al papel, entonces pasan minutos y hasta horas intentando comer la miga de pan que doña Elisa pone estratégicamente para que se rebusquen la forma de alcanzarlas. Es como si sus patitas fuesen sensibles a la textura del papel del diario. Las ve desesperarse un rato por las migas y ríe. Creo que también es el único momento de la mañana en el que ríe. Doña Elisa es muy flaca, flaquísima, debe medir un metro cincuenta y debe pesar treintaicinco kilos, con suerte. Se le notan las cavidades de la cara y la piel que le cuelga de la ceja al párpado y del pómulo a la mandíbula. Otra cosa que hace es que cuando saca los diarios, no los pone al azar en el piso, hay una hoja específica que busca y se asegura que quede de tal forma que quienes pasamos caminando o fracasamos a su lado, podamos leer. Las dos veces que fui olvidé por completo que quería leer de qué se trataba. A veces pienso que no me haría nada mal fracasar una vez más con tal de sacarme esta duda.

Esa mañana decidí ir sin intenciones de nada, simplemente pararme frente a ella, decirle que quiero ver sus diarios y retirarme virtuosa. Esperé mi descanso y fui, esa mañana hacía mucho frío. Ese frío que te saca humo de la boca y te hace poner las manos debajo de la axila. Llegué y ahí estaba doña Elisa, como siempre ni me miró, ni me respondió el saludo. Atiné a arrodillarme y leer sus periódicos, estaban todos los títulos y rengloones tachados prolijamente por rulitos de tinta de lapicera negra fina. y arriba de cada uno decia “y sin embargo, parece que arranco un pedazo de mundo.” Me quedé desconcertada. Volví a la oficina y me senté. Ni siquiera recuerdo cómo crucé la calle y subí por el ascensor, esa frase resonó en mi como mil campanas.

Yo a veces pienso que deberían darle la llave de la iglesia a ella, y la de este edificio, la de mi casa, y las de los centros vecinales y todas la casas y todas las iglesias y todas las oficinas. Así estaría refugiada de este frío tan cruel y de este mundo que la hace sentir que estorba y de torpes como yo que quieren salvar el mundo, su mundo con un gorro de lana azul.

No hay cuerpo que aguante, pienso yo. Bueno, por ahí sí, el de doña Elisa.

Encontré a mi abuelo cortando fotos a la mitad. Robé algunas sin que se diera cuenta. No hubo historias antes de dormir, peinados al despertar, manteles bordados, galletitas horneadas, ni una falda detrás de la que me pudiera esconder. Quizás tengamos las mismas preguntas, las mismas respuestas y lo que es peor, los mismos vacíos. (También los mismos ojos). Estoy grande para dar lastima: No soy yo quien escribe. Firma, alguien que guarda mitades robadas bajo la almohada para soñar con su abuela.

Clara, siempre tuvo la virtud de llorar en silencio. Desde chica, cuando le decían que las nenas lindas no lloran. De grande, le dijeron que las mujeres no lloran, aguantan. Ahora, con un hijo de cinco y otro de seis, no tiene tiempo, por eso antes de dormir lo hace así, en voz baja, para que los chicos no escuchen. No se acuerda con certeza el motivo, pero dejarse llorar a los cuarenta y pico tiene sus ventajas, descubrió que se duerme más rápido. Con el tiempo atropellándola, fue perdiendo el rosa de su cara y el rojo de la punta de su nariz. Tiene un tono medio azul en la piel. No literal, pero es ese tono en las gamas de los colores tristes. Lo tiene en el pelo, como un reflejo; a los costados de la frente, debajo de los ojos y en la boca. Un azul parecido al violeta. Son las seis y treinta y cinco de la mañana. Se despertó con las manos transpiradas y la respiración agitada. No sabe qué soñó, pero no era la respiración típica de un susto, era otra cosa. Cuando se destapó vio una de sus piernas marcada. Tiene las uñas largas, deduce que quizás la picó algo. - Debería poner mis sueños al día, piensa. Después de unos segundos de estar sentada en la orilla de su cama, se levanta, arrastra los pies sobre las pantuflas que fueron blancas y ahora están despegadas y viejas. Pasa por la puerta de la pieza de los chicos que todavía duermen. Falta un rato para ir a la escuela. Se ve en el espejo vertical del pasillo. Se detiene. No se mira muy seguido, porque cada vez que lo hace encuentra algún motivo para retarse hasta el último

reflejo. Esa remera vieja que nunca sintió propia, las piernas largas desnudas. Se acuerda de un vestido corto con el que salía y piensa en qué momento decidió que dejaría de usarlo para cambiarlo por una remera decrépita y ajena. Todavía le quedan un par de horas al día para volver a llorar. Continúa su camino. En cada lugar de la casa hay una silla o banco solitario que la espera cuando los días pesan más. Va a la cocina, el banquito de turno da al patio. Pone agua para el mate y mientras, se sienta jorobando su espalda. Su mirada esquivó las manchas del vidrio y se fue al césped hecho maleza; la hamaca oxidada… piensa en cuánto le gusta ese color, la manera de comerse las cosas. Se imagina de metal, su cuerpo oxidándose, subiendo de a poco por sus pies, tobillos, pantorrillas. Es temprano, piensa, los chicos duermen. Deja seguir sus ojos hasta la pared sin revocar, esas asperezas y humedad la ponen un poco frágil, siente los huecos del muro en ella: en su pecho, en su estómago. Se aprieta fuerte la panza con una mano y frunce el ceño; es tal la necesidad de sentir que elaboró una especie de mecanismo que le permite mimetizarse con cualquier cosa rota, vieja o en desuso, porque así se sentía a veces, en desuso. Esa era la palabra. En la oficina donde es secretaria, todo es nuevo, todo brilla, lo más atractivo es un sacapuntas que tiene apenas una línea de óxido sobre su navaja. En los ratos libres, pasa su dedo por el filo lentamente e imagina su cuerpo entero metiéndose ahí dentro.

Pero ahora está en casa. Recuerda el sueño, cómo era sentirse así. No importa qué o quién rasguño sus piernas. Ningún sueño la encontró como ese. Si llora en silencio, puede hacer cualquier cosa así, piensa. Puede.

Mira el patio. Abre la puerta y sale. Va a la hamaca y se sienta de perfil. Mientras el pasto le roza las piernas como óxido subiendo, la cadena que la sostiene queda marcada en su mano, una sola, porque la otra hace el trabajo sucio, el silencioso, el que sueña y llora. Ese que sólo puede hacer cuando los chicos duermen.